lunes, 24 de marzo de 2008

¿Por qué la vida...

... es tan maravillosamente absurda?

miércoles, 5 de marzo de 2008

Dormido

Todo es paz, armonía y equilibrio. Las fontanas de alabastro expulsan miel, las flores despiden su aroma y el aire se cubre de silencio. El sol es de algodón, los ríos de agua cristalina. Todo es tan perfecto...

'Y sin embargo tan vacío...'. Escuché a mi alrededor, sentado en la vereda. Una sombra relampagueó en el fresno que llevaba observando durante un buen rato. Decidí levantarme, para observar más detenidamente lo que había ocurrido, pero donde antes se alzaba un fresno, ahora vigilaba un ciprés.

Me alejé de allí asustado, y corrí hacia el campo de amapolas. Los pétalos rojos me envolvieron cálidamente y olvidé aquella sensación de inquietud y aprensión. Me dejé caer sobre la mullida alfombra carmesí y cerré los ojos. Todo aquello era tan necesario...

'Y sin embargo tan insidioso...'. Abrí los ojos rápidamente. A mi alrededor, multitud de calaveras me sonreían socarronamente . Grité y huí de aquel lugar hacia el lago. Me zambullí sin pensarlo en sus aguas tibias insípidas y dulces a la vez. Aquellas aguas cristalinas. Aquellas aguas granates, amargas y calientes. Sangre.

'¿Por qué escupes tu propia esencia? ¿Por qué te escupes a ti mismo, mortal?' Otra vez el sonido quejoso e irónico.

Tenía que salir de allí. El corazón me latía con fuerza. Estaba corriendo sin rumbo, y todo pasaba fugazmente a mi alrededor. Los árboles, las montañas, los mares, los campos... Hasta que todo dejó de girar. Seguía corriendo pero la imagen se había detenido en un cementerio. No conseguía avanzar, a pesar de que mis músculos seguían en movimiento.

'No puedes esconderte, gusano. Contempla la podredumbre de tu mundo inmortal. Tan solo es un sepulcro ornamentado cuando su interior está marchito . Solamente tienes que mirar tus dedos, tus manos y tu cuerpo.'

Al recibir la advertencia de aquel susurro de cristales rotos, observé detenidamente mi brazo. De él partían finos ebras transparentes. Y ya no solo de aquella parte del cuerpo. Todos y cada uno de mi músculos estaban sujetos por millares de hilos que se extendían hacia el cielo. Fue entonces cuando lo vi. Una mano esquéletica tirando de cada uno de los cordeles hacían que siguiera moviéndome inútilmente en la imagen detenida del cementerio.

'¿No nos creo Dios a su imagen y semejanza? ¿Por qué iba a carecer de osamenta? ¿Es demasiado horrible para su majestuosidad?'

Comencé a llorar. Aquello era demasiado terrible para ser cierto. Y sin embargo parecía tan real... Endebles castillos de falsas esperanzas derruidos...

'El hombre es superior a Dios, porque el hombre, en su grandeza, creó a Dios a su imagen y semejanza. Rompe las barreras. Supera los límites. Vive tu vida. Dios eres tú, pues tu yo es tu Dios'.

La sombra que antes había visto arrancó fugazmente los hilos que me ataban.

'Dios ha muerto'

domingo, 2 de marzo de 2008

Perturbado

Me pesaban los párpados como si estuvieran hechos de mármol. Cada vez que intentaba hacer un esfuerzo por abrir mis ojos venían aquellas punzadas insoportables que antes de dormir había sentido por todo mi cuerpo a causa de las cadenas. Lo comprendí. Aunque no podía verlo, sabía que mis párpados también estaban sujetos al suelo por una mínuscula cadena de hierro. Ni siquiera podía llorar, porque las lágrimas se aglutinaban en mis pupilas y presionaban mis ojos provocando un dolor insoportable.

'No te duermas'. Una voz susurró en mi interior. Era profunda y fría, como el sonido que hace el viento al introducirse en los recovecos de una catedral abandonada. Extrañamente familiar, punzante como astillas de hielo, sarcástica como la sonrisa de la muerte. Pensé que nunca jamás quería volver a oírla. Pero pronto descubriría que no sería tan fácil librarse de ella. Daba miedo.

'¿Qué te pasa?¿Tienes miedo?' No. No quería responder a esa pregunta. Solo quería que el dolor de los grilletes volviese a mi cuerpo para olvidar ese sentimiento, esa sensación de terror a lo desconocido.

'Pobrecito. ¿Estás seguro de que quieres seguir gobernado por esas cadenas?'. Tampoco contesté. Solo me preguntaba como podía estar adivinando cada una de las cosas que pensaba, como fantasma del pasado, del presente y del futuro. Un viento gélido agitó mi pelo y un escalofrío ascendió hasta mi nuca.

'Eres un cobarde. Solo estás aceptando un destino inexistente. Te niegas a escuchar porque prefieres esconderte en tus sueños más remotos, más profundos, simplemente para olvidar tu situación. Simplemente para olvidar tu vida. No quieres recordar que estás encadenado como un vulgar delincuente por un delito que probablemente no cometiste. La esperanza no es un principio pasivo. No basta con pensar. Hay que ser. ¿Esperas a que alguien te libere? ¿Por qué? ¿Acaso tú, hombre que se cree caritativo, bondadoso y piadoso, te arriesgarías a liberar a un hombre encadenado? Y si lo hiceras, ¿no lo harías para que alguien te debiese un favor?. Cuántas veces con la apariencia de acciones piadosas engañamos al diablo mismo.

Eres débil, un incapaz de controlar su propia vida: rechazas tu cuerpo y todo lo que en él nace, adoras tu mente porque te esconde de tu cuerpo y adoras a un dios muerto, que cubre tu mente. Eres débil porque careces de odio. Eres débil porque careces de amor. Eres débil porque careces de ideales. Lo que tú crees ideales solo son ideas podridas en un mundo de ensueño, inalcanzable porque no existe. Eres débil porque solo piensas en ese mundo, negándote a ti mismo y a tu verdadera existencia. Estás encadenado . Los verdaderos héroes, las leyendas son las que creen en su vida. Yo quiero ayudarte a vivir tu vida, solo tú eres dueño de ella. Quiero que seamos socios...'

'¡Callate!' Grité sin pensar. Y de nuevo esa brisa helada traspasó mi cuerpo. 'Eres un egoísta.' Me decía para mis adentros. 'Yo quiero vivir como los demás mi vida es la de todos y no puedo ser distinto. Solo siendo siervo de estas cadenas me siento libre y hago el bien. El sufrimiento y la contingencia del mundo reclaman que exista un mundo universal, y necesario en el que el orden y el equilibrio...'

'Además de débil eres un necio. El mundo es el que es y solo tú puedes decidir aceptarlo y vivirlo o resignarte y morir resignado, como un camello que soporta su carga, la que él cree su honorable carga, que en realidad es un lastre absurdo que en última instancia te hace perecer con la esperanza de un mundo mas justo, de una recompensa. Dime, ¿No es más honorable buscar la justicia? ¿Quién eres tú para hablar de la libertad? ¿Quién eres tú para hablar del bien y del mal?' Cuestionó aquella voz árida. 'Es demasiado pronto, para pensar en la libertad'. Volvió a sugerir.

'No quiero escucharte más. Vete ahora y nunca vuelvas'. Sentecié.

'¿Estás seguro?'. Susurró aquella voz lánguida y sensual. 'Podemos hacer muchas cosas juntos. Sí. Podríamos hacer grandes cosas. Embriagarnos de todo aquello que tus cadenas te niegan. ¿Qué prefieres? ¿Orgasmos? ¿Amor? ¿Placer? ¿Fama? Sí. Grandes cosas... Toma mi mano y sígueme. Solo necesitas creer en mí. Y yo solo soy tú. Cree en ti y te concederé el poder. Vamos. Seamos socios. Siente el poder.'

'No'. Pero como un filtro incorpóreo la voz penetraba en mis tímpanos. Me picaba la curiosidad. Lo quería.

'Lo quiero todo... y lo quiero ya'. Afirmé, sonriendo. 'Sea pues'. Y una cuchillada de hielo atravesó mi pecho. El calor recorrió mi cuerpo. Un ardor frío, el que producen las heladas noches de invierno. Es el frío que corta la piel y siega las venas. Entonces las cadenas volvieron a tirar de mí arrancándome un alarido de dolor que recorrió toda la celda.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Encadenado

Estaba solo. Intenté hacer un esfuerzo por atisbar alguna figura, pero en aquel sombrío lugar había tan solo una chispa de luz aportada por el cielo nocturno, que se escurría entre los barrotes de una pequeña ventana.

Los músculos de mis hombros ardían y mis ojos comenzaban a acostumbrarse a la oscuridad de aquella sala cerrada por ladrillos grises, teñidos de un tono azul eléctrico. Mis brazos, convertidos en rastrojos de piel y de carne estaban extendidos, sujetados por unos grilletes y soportando el peso de todo mi cuerpo. Estaba colgado como un mísero saco de huesos. Las piernas oscilaban varios centímetros por encima del suelo. Traté de moverme para desentumecer mi cuerpo, pero un dolor intenso recorrió mi espalda y dibujó una mueca en mi rostro.

Escocía. Clavada en las vértebras de mi cuello, como un cristal introducido en la piel, se hallaba una cadena que se difuminaba en el techo. Forcejeé con mi muñeca derecha, para comprobar, para mi desánimo, que era imposible liberarse de los grilletes. Impávidos, se reían de mis vanos intentos por salir de aquella cárcel de hiel . Entonces, una fuerza sobrehumana comenzó a tirar de todas las cadenas. Como un muñeco de trapo, me movía al son de su música. Ella marcaba mis movimientos, decidía por mí cómo debía de actuar.

Eran las dueñas del juego. Yo simplemente fui una de sus fichas, que o comía o era comida. En el momento en que quisieran dejar de jugar podían quebrantar mi cuello y convertirme en polvo. Y ellas, como yo, éramos completamente conscientes de ello.

Un estruendo retumbó en toda la sala. Antes de que pudiese darme cuenta, una nueva cadena había traspasado mi piel y se había adherido a mi pecho. Las náuseas inundaron mi cuerpo, y la cabeza comenzó a darme vueltas ante un dolor que se extendía como el agua sobre la arena. Entonces me desmayé, cayendo en un profundo sueño.

domingo, 20 de enero de 2008

La Iglesia y el Estado

Las paredes del monasterio retumbaron con los pasos de Guillermo de Baskerville. La roída túnica se movía en el aire de forma sinuosa mientras los decididos ojos del monje miraban hacia el frente, sin pestañear, buscando una puerta. La puerta. Pomo de bronce desgastado por el uso. Madera de fresno resquebrajada por el paso del tiempo, la caducidad del mundo.

Todavía le quedaban tres oscurros corredores por recorrer y luego debía girar hacia la izquierda. Allí la encontraría. El sudor le resbaló por la frente y el cansancio comenzó a hacer mella en sus piernas. Pero debía seguir adelante si quería saber la verdad. Así que intentó caminar más deprisa, intentando silenciar al máximo sus movimientos, para no despertar a los agustinos.

Por fin se alzó ante él la entrada al baluarte de la sabiduría. Aquella mezcla de emoción y de paz hizo que relajara por un momento los dedos de su mano izquierda. El candil resbaló y cayó al suelo con el estrépito que hace un trueno al rozar la tierra. Guillermo se detuvo en seco y trató de apagar el cirio con el pie, sin hacer ruido. Fue entonces cuando escuchó una voz grave al otro lado de la antigua puerta de la biblioteca.

Arigato

Nada. Mucho tiempo sin escribir en el blog pero ahora saco dos minutos porque quiero agradeceros ese viernes 18 de enero. Fue genial. Gracias por estar ahí.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Tú, puta

Puta la vida. Putos los sueños, puto el corazón, puta la razón, putas las mujeres, putas tus miradas, putos los quehaceres, putas las baladas. Puto tu cariño, puta la alegría, puto el merecer, puto el vivir, puta la emoción, puta la amnistía. Puto el amor, puta realidad, puto el pasado, puto el ayer, puto el dolor, puta la vanidad, puta la mentira, putas las falsas esperanzas, puta la bondad, puta la ayuda, puta la templanza, puta la valentía, puto el calor, puto el frío, puta tu vida, puto el favor, puta la gracia, puta la broma, puta tu locura, putos los sentidos, puta la ensoñación, puta la maldad, puto el sexo, puta sociedad, puto el SIDA, puta la carne y la mente, puta la vida. Puto el color, puto el aburrimiento, puto el demente, puto el cuerdo, puta la ignorancia, puta la nescencia, puta la estupidez, puto eres tú, puta es ella, putas las puñaladas, puto el cáncer, puto es el dinero, putas las llamadas, putos los te quieros, puta la muerte, putos los sinceros, puta la amiga, puto el amigo, puta la vida.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Nocturnal Romance

Las notas de aquel piano hiceron eco por todas las paredes de la iglesia del cementerio, como fantasmas desperezándose ante el nacimiento de la noche. Era una música, triste, melancólica, despedida de las últimas horas de aquel día treinta y uno de octubre. Entre la amargura de los sonidos se escuchaba el tímido sollozo del joven que estaba tocando. Las lágrimas resbalaban por sus pálidas mejillas y, finalmente, parecía que se reían de su lamento cuando caían y jugaban entre las teclas del instrumento.

Solo intentaba recordar. Cómo sucedió. Por qué sucedió. Odiaba su mísera existencia, pero sabía que había emprendido un viaje sin retorno, que le alejaba cada vez más de su anhelo más profundo.Un dolor punzante sacudió sus sienes. Volvió a ver sus ojos, en su mente. Pero la imagen desapareció como las ondas en el agua. Detuvo sus dedos y la melodía dejó de sonar.

Una adolescente morena se arrodilló ante la lápida. Depositó unas rosas, y retiró las flores marchitas que reposaban sobre la fría piedra. El rojo aportaba una nota de color en aquel gris y silencioso mar de muerte. Cerró los ojos. Axel Valantine (1799-1816). Todavía podía contemplarla entre la oscuridad de sus párpados. Finalmente se puso en pie. Comenzó a caminar entre las olas de ese mar de cadáveres. La caducidad del cuerpo, el poder de la muerte que siega las almas y las convierte en polvo. Sus pasos gimieron en la fría escalera del campanario. Atravesó el umbral de la puerta y su vestido negro rozó el metal de las campanas. Cuando subió a la barandilla, el viento gélido agitó su pelo y su ropa, mortaja de vida, presagio de final. Un paso al frente. Los helados vientos traspasando su fina piel como cuchillas, la velocidad desgarrando su rostro al igual que un chirrido corta el silencio. Un ruido sordo. La noche se rompió en mil pedazos. Solo seis minutos después doce campanadas hacían realidad el suicidio de un ángel negro.

Despertó suavemente, acunada por las notas de un piano, que susurraban en el cementerio palabras de paz. Le dolía un poco la cabeza, estaba aturdida, pero ahora se sentía viva. La melodía hacia que sus piernas se moviesen solas, una atracción incontenible la hacía acercarse cada vez más al instrumento que la cantaba. Atravesó la puerta de una iglesia. Y le vio. Se acercó despacio. No quería interrumpirle. Besó su cuello y el joven desafinó.

-¿Me esperabas? - preguntó la joven.

-No. Te echaba de menos. Pero ahora ni siquiera la muerte podrá separarnos.

Feliz Noche de los Difuntos.

lunes, 22 de octubre de 2007

Hasta siempre...

El pasado sábado azotó las ondas españolas una desgarradora noticia. Juan Antonio Cebrián, un periodista, un escritor, un genio, murió porque un infarto acabó con su vida a los 41 años. Tan solo quiero dedicarte estas líneas, Juan Antonio, donde quiera que estés, porque para mi fuiste más que un locutor de radio, fuiste quien me acompañaba en las largas horas nocturnas, vacías y oscuras y quien aportabas una nota de color a los sueños con tu cálida voz y tus apasionantes historias. Me descubriste la historia, me firmaste tus libros que me han enseñado tanto y me han ayudado a comprender un poquito más de nuestro pasado. Durante mucho tiempo has sido un ídolo, un maestro para mí, pues convertías todo en algo ameno y divertido y hacías que todo cobrara sentido, no solo por lo que contabas sino por cómo lo contabas. Así pasé muchas noches escuchando tu programa, La Rosa de los Vientos, y los misterios que desvelaba junto con tus colaboradores. Me encantaba oír esa música que iniciaba tu momento, ese 'sonido inconfundible', como tú lo llamabas y que me preparaba para oír todo lo que querías contarme. Por todo esto, Juan Antonio, quiero despedirme de ti y quiero que sepas que cada vez que abra uno de tus libros y oiga alguno de tus Pasajes de la Historia me acordaré de ti y de que fuiste más que un maestro, un amigo. Hasta siempre.

miércoles, 10 de octubre de 2007

The Islander

El isleño terminó de atar las velas al mástil de su pequeño barco. Se limpió las gotas de sudor de su frente con la manga de su cazadora de cuero negro y se sentó en el suelo. Estaba anocheciendo y a la medianoche partiría. Contempló la inmensidad del mar que se extendía ante sus ojos y un escalofrío recorrió su cuerpo y se detuvo en su nuca. Aunque el agua estaba completamente en calma y la luna cada vez más alta en el cielo; no podía evitar tener miedo. El viaje que quería emprender no tenía retorno. Dejaría su isla para siempre. Diría adiós a todo lo que allí se quedaba, solo quería marcharse para nunca volver. Era lo único que podía dar sentido a su vida.

Encendió su pipa con lágrimas en los ojos. No conseguía evitar estar triste a pesar de todo. Sabía que en su trayecto le esperaban tormentas, noches a la deriva, navegaciones sin rumbo y días de viento fuerte. Pero no le importaba. Solo quería seguir adelante y descubrir su destino para conseguir ser feliz, aprovechando esas corrientes de aire para continuar. Lo importante era no rendirse y no desistir. Dio dos caladas y el humo ascendió hacia las estrellas. Un brazo rodeó el hombro del isleño.

-Cariño, es tarde - dijo una voz femenina.

El hombre se dio la vuelta y se atusó sus barbas canas.

-Lo sé. Quizá emprender el viaje no sea tan difícil...

-Será muy difícil olvidar como tarareabas cada mañana mientras preparabas tu barca para pescar - sentenció la mujer.

- Pensaba que era feliz. Pero me he dado cuenta de que debo encontrarme a mí mismo, y hallar mi destino.

Ambos se abrazaron. El isleño subió a su velero. Todo estaba preparado.

- ¿A dónde irás? - preguntó la voz suave de aquella mujer mayor.

- No me esperes despierta. Voy a los confines del mundo.

Soltó la vela que se infló con el viento. Los ojos de la señora siguieron al isleño hasta que desapareció en el horizonte.

Gracias, Nightwish, por la inspiración de vuestra canción. Os la recomiendo. Se llama 'The Islander'.

sábado, 22 de septiembre de 2007

Mi Nuevo Mundo

Saludos. Soy Kira. Hace poco la encontré. Sí. La encontré. No pienso mentar su nombre, porque creo que todos la conocéis. Y creo que también conocéis para lo que sirve.

Después de tantos valores de bondad, amistad, perdón, amor, solidaridad, amnistía y nuevas oportunidades que me enseñaron en mi colegio desde que era un niño, he aprendido a apreciar la verdad de este pútrido y desasosegado mundo en el que prima la traición, la vanidad, el egoísmo, el poder y la injusticia. He aprendido a darme cuenta de que vivimos en el planeta del 'todo vale', en el lugar en el que puedes vender la cabeza de tu mejor amigo al mejor postor. La apestosa 'tierra', en el que día a día, como si una máquina de cambio se tratase, podemos canjear el amor por el odio, y la opresión por la libertad. Las gentes utilizan el amor como un biombo para ocultar sus verdaderas pasiones sexuales. La amistad camufla lo que en su día se llamó interés personal, en un libre intercambio de materia sentimental, lágrimas estúpidas, falsos te quieros y mentes criminales. Y por encima de todo, el poder que corrompe día a día la sociedad tras el espejo de la publicidad, Dorian Gray que oculta su verdadero rostro en un retrato guardado en los confines de las ventas, entre líneas, a donde nadie podría llegar. Sí. La sociedad muere y el imperio de la falsedad crece. Pero no tengáis miedo. Yo estoy aquí.

Mi pluma rasgará el papel. Cien, doscientas, trescientas veces. Escribiré vuestros nombres. Sabéis quienes sois. Aquellos que me hicieron tanto daño. No existe el perdón. Esta vez no. Estoy harto de segundas oportunidades. De falsas esperanzas. De condescendencia. De tropezar en la misma piedra, de ser excesivamente magnánimo. Recibiréis aquello que merecéis. Justamente. Tan solo necesito el odio para cargar mi pluma y el rencor para hacerla moverse. Y después de todo vendrá el silencio. Pues la venganza me hará sentirme vivo de nuevo.

Vosotros destrozasteis mi mundo. Y yo acabaré con el vuestro. Porque yo soy la justicia.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

Noche Agitada

Nueva continuación de la historia que comenzó Birlo, podréis leerla en su blog 'Agujas de Trigo' (citada en mi lista de Links Interesantes) por el título 'Noche Calurosa'...

El tacto del cadáver era cálido. Muy cálido. Realmente parecía que acababa de morir recientemente. Ciertamente, necesitaba estudiar a la muerta con más profundidad asi que decidí traer una lámpara antes de desplazarla para descubrir cual fue exactamente el motivo de su muerte. No quería encender la luz del pasillo porque sabía que no bastaría para estudiar al cadáver.

Al coger el aparato noté que me dolían los dedos. Los tenía entumecidos, tal y como si acabase de despertarme de un gran sueño. Posiblemente se debía a que estaba muy cansado y aun no había dormido así que no le di más importancia. Encendí la bombilla. Y observé muy detenidamente el rostro de la bellísima mujer. Los ojos estaban húmedos y los dientes apretados. El cuello estaba muy irritado y amoratado.

Estaba preocupado. No sabía que habría podido pasar. Decidí ir al baño para lavarme la cara y despejarme un poco. Al levantar mi mirada hacia el espejo lo oí. El grito de una joven. Lo vi. Un rostro forcejeando. Lo olí. Un dulce perfume. Lo probé. El sabor dulce de una piel joven. Lo toqué. Y miré mis manos y mis dedos gruesos, que estaban todavía enrojecidos...

Que quien desee, continúe esta historia...

Noche Helada

Continuación de la historia que comenzó Birlo, podréis leerla en su blog 'Agujas de Trigo' (citada en mi lista de Links Interesantes) por el título 'Noche Calurosa'...

El tacto de aquel cadáver era frío. Muy frío. Tanto como para hacer morir a una flor fresca. Algo extraño para una persona que supuse que acababa de morir. Sus labios estaban morados y su piel era pálida como la luz de luna. Intenté llevarla con mucho trabajo al sofá de mi salón. Al pisar el umbral de la habitación una ráfaga de aire frío me agitó el pelo. Miré hacia el frente y descubrí que las cortinas se movían por el viento de una noche que anunciaba el fin del verano. Tras tumbar a la chica estrangulada en el sofá de mi habitación me dirigí a cerrar la ventana, mientras el frío penetraba en mis huesos. Salí al balcón para observar un momento la calle y entonces pude vislumbrar unas gotas de sangre en el suelo. Sangre roja como el carmín. Sangre reciente. Quise entrar al salón para observar más detenidamente a la chica. Pero un escalofrío recorrió mi cuerpo, antes de darme la vuelta.

- ¿No es muy tarde para que un niño este jugando a los detectives? - susurró en mi oído una voz femenina, lánguida y sensual rozando ligeramente mi oreja.

No podía mover ni un ápice de mi cuerpo. Unos labios calientes comenzaron a besar mi oreja y a bajar por mi cuello lentamente. Estaba excitado, hasta que el dolor penetró en mi cuello y la sangre resbaló hasta mi pecho.

martes, 11 de septiembre de 2007

¿Qué hacer...

... cuando te despiertas y te apetece seguir soñando, aunque sean pesadillas, para no hacer frente a tu realidad?

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Jiyu (El Ángel Negro de la Venganza - Parte 2)

Rinaro dio una voltereta para esquivar a Fukushu y rodó por el suelo para no recibir la estocada de Jiyu, que quedó clavada en el suelo, haciendo volar los pétalos blancos de los lotos.

El manejo de las katanas por parte del desconocido era espectacular. Sus giros de ciento ochenta grados le permitían lanzar ataques a una velocidad vertiginosa con ambas armas. Sin embargo, era aun más increíble observar como Rinaro-kun bloqueaba todos sus ataques mientras se dibujaba una sonrisa en su cara.

Y así , el misterioso adversario recibió un nuevo corte que le cruzó las abdominales de izquierda a derecha. El joven del traje negro se agachó y vomitó sangre que tiñó la blancura de los lotos con el rojo. Jadeando se levantó con cuidado, clavando a Fukushu en el suelo y apoyándose en ella.

- No he terminado aún - sentenció la oscura figura suavemente sin que su voz cediera ni un ápice.

Con una media sonrisa, el adolescente de ropa oscura alzó por encima de su cabeza con su mano derecha a Fukushu tras separarla del suelo, y mantuvo con su mano izquierda a Jiyu por debajo de los hombros.

- Qué pena que antes de morir no puedas ver el rostro de la persona que te ha derrotado - dijo Rinaro-kun.

- Qué pena que necesites carcajearte de la persona que te asesinará para infundir valor a tu espíritu - contestó el chico con sus ojos todavía vendados.

Furioso, Rinaro-kun atacó a su oponente. El enemigo lo esquivó sin problema y se puso a la espalda del chico de blanco.

- Frío, frío, Rubai-san - susurró el adolescente de negro al oído de su contrario, mientras posaba delicadamente la punta de Jiyu sobre los lotos y alzaba a Fukushu.

Rinaro-kun se dio la vuelta rápidamente y alzando su katana blanca con las dos manos la dirigió hacia la cabeza del enemigo. Pero aquella sombra negra frenó el golpe con sus dos espadas cruzadas.

- Ahora ambos estamos al límite - dijo Rinaro-kun.

- No, Rubai-san. La fiesta ha acabado.

Acto seguido y en un rápido movimiento desplazó a Fukushu y a Jiyu hacia atrás, para cruzar las katanas de nuevo sobre el pecho de Rinaro-kun. Dos cortes sangrantes aparecieron sobre la ropa del joven de túnica blanca. Agotado por un dolor ardiente, se arrodilló sobre los lotos.

- ¿Quién eres? - volvió a preguntar Rinaro-kun, esta vez con una mueca de miedo en el rostro.

El viento nocturno elevó dos pétalos blancos que giraron en espiral en el aire para luego desaparecer por encima del techo estilo oriental de la mansión.

- Soy Ayanami Seruhio-sama. He venido a matarte. - dijo el chico de negro.

- Mi nombre es Shisui Rinaro- contestó jadeando el otro joven.

- ¿Acaso has olvidado tu verdadero nombre Rubai-san?

- Yo no me llamo...

- Shh... - articuló Ayanami, levantando la cara de Rinaro-kun con Fukushu - Recuerda los campos de Ohiwa... Tú la mataste.

- ¿Vas a asesinar a un antiguo amigo?

- El perdón es para los débiles que no saben aceptar sus errores y necesitan que otros lo hagan por él.

- No puedo aceptar mi derrota - sentenció Rubai haciendo ademán de levantarse.

Seruhio-sama posó suavemente a Jiyu sobre la parte trasera del cuello de su oponente.

- La venganza no la devolverá a la vida. Es cierto, entonces la venganza no tiene sentido. Nunca lo tendrá si tan solo ocupa una mínima parte de tu vida. Únicamente es un sentimiento fuerte cuando ocupa todos los resquicios de tu alma y no necesitas más alimento que tomar que la venganza, mas aire que respirar que la venganza, más calor que sentir que la venganza que arde en tu interior. Nunca olvides mi nombre, ni tu verdadero nombre. Lo necesitarás para enfrentarte conmigo en el infierno.

Rubai-san se levantó de pronto y lanzó su katana contra el estómago de Ayanami. En el último momento, éste logro esquivar el golpe, que sin remedio le atravesó el hombro. Rápidamente Seruhio-sama proyectó a Fukushu hacia los ojos de Rubai-san y de un tajo le dejó ciego. Con el brazo izquierdo, dirigió a Jiyu hacia la garganta de su oponente.

Una fuente de sangre surgió del cuello del joven de túnica blanca.

-Ahora soy libre - susurró Ayanami Seruhio-sama enfundando sus katanas y separando la espada blanca de su hombro.

El cuerpo de Rubai-san cayó inerte sobre el suelo levantando un ejército de pétalos blancos que se dirigieron hacia el joven de negro. Tras quitarse la venda de los ojos, Ayanami Seruhio pudo comprobar que la túnica de Rubai-san se confundía con la alfombra de lotos blancos que lloraban en silencio.

Kun es un sufijo utilizado en el idioma japonés para tratar con chicos con los que se tiene cierta confianza. San es un sufijo utilizado en el idioma japonés para dirigirse a personas que se acaban de conocer o a aquellas con las que apenas se tiene trato. Sama es un sufijo utilizado en el idioma japonés para referirse a personas superiores en la escala social. Fukushu significa 'venganza' y Jiyu 'libertad'. La foto hace referencia a Fukushu, primera espada de Ayanami Seruhio. Cabe destacar que en japonés los nombres se utilizan escribiendo primero el apellido y luego el nombre de pila.

Fukushu (El Ángel Negro de la Venganza - Parte 1)

La katana cortó el aire y chocó contra el filo de una hoja negra como la amatista que reflejaba la luz de la luna.

-¿Estás asustado? - preguntó Rinaro-kun mirando fijamente a su oponente .

- Nunca me había sentido más vivo - contestó el joven con los ojos vendados por un pañuelo negro.

En aquel jardín, los lotos estaban floreciendo y dejaban su estela blanca sobre todos los rincones de la pequeña parcela. Los pétalos tan solo eran quebrados por los silenciosos y controlados pasos de Rinaro-kun y de su desconocido enemigo. El pelo rubio de Rinaro-kun le cubría la frente hasta las cejas y su túnica blanca se confundía con las flores del jadrín y con el arma del adolescente.

Su contrincante lucía una túnica negra que hacía juego con su cabello oscuro y con la venda que cubría sus ojos. El chico apretaba fuertemente en su mano el mango de una elegante katana también del color del azabache.

Las dos espadas volvieron a surcar el aire, y la punta de la que empuñaba Rinaro-kun se quedó a un palmo de la nariz chata del desconocido.

El adolescente rubio se había visto sorprendido en su mansión de primavera, al sur de Japón. Pese a su origen estadounidense, siempre había mostrado interesado por la cultura oriental, lo que le llevó a entrenarse en el manejo de la katana y a continuar los negocios de su difunto padre en el país del sol naciente. El ataque del misterioso joven de traje negro le había pillado desprevenido, pero no estaba dispuesto a perder contra ese principiante en una disciplina en la que se había entrenado durante toda su vida.

- ¿Quién eres? - dijo Rinaro-kun lanzando un nuevo ataque.

- Solo alguien proveniente de la sombra que busca venganza. Mi nombre no importa de momento. Tan solo el porqué de mi llegada. - sentenció el chico en un susurro, rechazando el filo blanco de la espada de su contrario.

Rinaro-kun estaba desconcertado. A continuación se sucedieron una serie de ataques rápidos por parte del desconocido, que fueron bloqueados a la perfección por su adversario. Aquella figura negra lanzó una fuerte patada hacia el estómago de Rinaro-kun, que supo reaccionar perfectamente dándole un codazo en el pómulo y dibujándole un tajo vertical en el hombro con la katana color perla.

Rinaro-kun observó como su túnica blanca se había manchado de un reguero de sangre a causa del corte que había propinado a su enemigo.

- Eso es- dijo el adolescente vestido con las ropas oscuras - Eso es, Rubai-san. Hazme sentir vivo otra vez.

Rinaro se extrañó por el nombre que había utilizado el desconocido. Nunca había oído a nadie llamarle así. Y menos con esa determinación, con esa... frialdad. Pero no tenía tiempo para pensar, pues fugazmente la katana de su contrincante se avalanzó contra su pecho en un corte vertical. Rinaro-kun saltó hacia atrás para evitar el ataque. Pero, como un ángel negro, la espada contraria volvió hacia él, esta vez con más intensidad. Solamente el filo blanco de su arma, manchado todavía de sangre caliente, se interpuso entre su cuerpo y aquella cuchilla oscura.

Dando tres volteretas hacia atrás, el joven de negro consiguió evitar la estocada de Rinaro. En el aire desenfundó una nueva katana, negra como la anterior, pero notablemente más antigua.

- Es horas de que conozcas a Fukushu y Jiyu, pues el día en que te atraviesen, Rubai-san, yo seré libre - volvió a susurrar el adolescente de traje oscuro.

- Antes comprobarás que para derrotarme no has de ser un maestro. Has de ser una leyenda - contestó Rinaro-kun, seguro de sí mismo.

Las estrellas y la luna llena iluminaban el jardín. Un silencio tan solo roto por el silbido de las armas y el chasquido de sus filos al chocar.

Como suponía que nadie se iba a leer un texto tan largo lo he dividido en dos partes. La explicación de los sufijos japoneses y de los nombres de las espadas se encuentra en el segundo texto. La foto hace referencia a la Katana de Rubai-san.

martes, 4 de septiembre de 2007

Él Ángel Negro de la Venganza

La katana cortó el aire y chocó contra el filo de una hoja negra como la amatista que reflejaba la luz de la luna.

-¿Estás asustado? - preguntó Rinaro-kun mirando fijamente a su oponente .

- Nunca me había sentido más vivo - contestó el joven con los ojos vendados por un pañuelo negro.

En aquel jardín, los lotos estaban floreciendo y dejaban su estela blanca sobre todos los rincones de la pequeña parcela. Los pétalos tan solo eran quebrados por los silenciosos y controlados pasos de Rinaro-kun y de su desconocido enemigo. El pelo rubio de Rinaro-kun le cubría la frente hasta las cejas y su túnica blanca se confundía con las flores del jadrín y con el arma del adolescente.

Su contrincante lucía una túnica negra que hacía juego con su cabello oscuro y con la venda que cubría sus ojos. El chico apretaba fuertemente en su mano el mango de una elegante katana también del color del azabache.

Las dos espadas volvieron a surcar el aire, y la punta de la que empuñaba Rinaro-kun se quedó a un palmo de la nariz chata del desconocido.

El adolescente rubio se había visto sorprendido en su mansión de primavera, al sur de Japón. Pese a su origen estadounidense, siempre había mostrado interesado por la cultura oriental, lo que le llevó a entrenarse en el manejo de la katana y a continuar los negocios de su difunto padre en el país del sol naciente. El ataque del misterioso joven de traje negro le había pillado desprevenido, pero no estaba dispuesto a perder contra ese principiante en una disciplina en la que se había entrenado durante toda su vida.

- ¿Quién eres? - dijo Rinaro-kun lanzando un nuevo ataque.

- Solo alguien proveniente de la sombra que busca venganza. Mi nombre no importa de momento. Tan solo el porqué de mi llegada. - sentenció el chico en un susurro, rechazando el filo blanco de la espada de su contrario.

Rinaro-kun estaba desconcertado. A continuación se sucedieron una serie de ataques rápidos por parte del desconocido, que fueron bloqueados a la perfección por su adversario. Aquella figura negra lanzó una fuerte patada hacia el estómago de Rinaro-kun, que supo reaccionar perfectamente dándole un codazo en el pómulo y dibujándole un tajo vertical en el hombro con la katana color perla.

Rinaro-kun observó como su túnica blanca se había manchado de un reguero de sangre a causa del corte que había propinado a su enemigo.

- Eso es- dijo el adolescente vestido con las ropas oscuras - Eso es, Rubai-san. Hazme sentir vivo otra vez.

Rinaro se extrañó por el nombre que había utilizado el desconocido. Nunca había oído a nadie llamarle así. Y menos con esa determinación, con esa... frialdad. Pero no tenía tiempo para pensar, pues fugazmente la katana de su contrincante se avalanzó contra su pecho en un corte vertical. Rinaro-kun saltó hacia atrás para evitar el ataque. Pero, como un ángel negro, la espada contraria volvió hacia él, esta vez con más intensidad. Solamente el filo blanco de su arma, manchado todavía de sangre caliente, se interpuso entre su cuerpo y aquella cuchilla oscura.

Dando tres volteretas hacia atrás, el joven de negro consiguió evitar la estocada de Rinaro. En el aire desenfundó una nueva katana, negra como la anterior, pero notablemente más antigua.

- Es horas de que conozcas a Fukushu y Jiyu, pues el día en que te atraviesen, Rubai-san, yo seré libre - volvió a susurrar el adolescente de traje oscuro.

- Antes comprobarás que para derrotarme no has de ser un maestro. Has de ser una leyenda - contestó Rinaro-kun, seguro de sí mismo.

Las estrellas y la luna llena iluminaban el jardín. Un silencio tan solo roto por el silbido de las armas y el chasquido de sus filos al chocar.

Rinaro dio una voltereta para esquivar a Fukushu y rodó por el suelo para no recibir la estocada de Jiyu, que quedó clavada en el suelo, haciendo volar los pétalos blancos de los lotos.

El manejo de las katanas por parte del desconocido era espectacular. Sus giros de ciento ochenta grados le permitían lanzar ataques a una velocidad vertiginosa con ambas armas. Sin embargo, era aun más increíble observar como Rinaro-kun bloqueaba todos sus ataques mientras se dibujaba una sonrisa en su cara.

Y así , el misterioso adversario recibió un nuevo corte que le cruzó las abdominales de izquierda a derecha. El joven del traje negro se agachó y vomitó sangre que tiñó la blancura de los lotos con el rojo. Jadeando se levantó con cuidado, clavando a Fukushu en el suelo y apoyándose en ella.

- No he terminado aún - sentenció la oscura figura suavemente sin que su voz cediera ni un ápice.

Con una media sonrisa, el adolescente de ropa oscura alzó por encima de su cabeza con su mano derecha a Fukushu tras separarla del suelo, y mantuvo con su mano izquierda a Jiyu por debajo de los hombros.

- Qué pena que antes de morir no puedas ver el rostro de la persona que te ha derrotado - dijo Rinaro-kun.

- Qué pena que necesites carcajearte de la persona que te asesinará para infundir valor a tu espíritu - contestó el chico con sus ojos todavía vendados.

Furioso, Rinaro-kun atacó a su oponente. El enemigo lo esquivó sin problema y se puso a la espalda del chico de blanco.

- Frío, frío, Rubai-san - susurró el adolescente de negro al oído de su contrario, mientras posaba delicadamente la punta de Jiyu sobre los lotos y alzaba a Fukushu.

Rinaro-kun se dio la vuelta rápidamente y alzando su katana blanca con las dos manos la dirigió hacia la cabeza del enemigo. Pero aquella sombra negra frenó el golpe con sus dos espadas cruzadas.

- Ahora ambos estamos al límite - dijo Rinaro-kun.

- No, Rubai-san. La fiesta ha acabado.

Acto seguido y en un rápido movimiento desplazó a Fukushu y a Jiyu hacia atrás, para cruzar las katanas de nuevo sobre el pecho de Rinaro-kun. Dos cortes sangrantes aparecieron sobre la ropa del joven de túnica blanca. Agotado por un dolor ardiente, se arrodilló sobre los lotos.

- ¿Quién eres? - volvió a preguntar Rinaro-kun, esta vez con una mueca de miedo en el rostro.

El viento nocturno elevó dos pétalos blancos que giraron en espiral en el aire para luego desaparecer por encima del techo estilo oriental de la mansión.

- Soy Ayanami Seruhio-sama. He venido a matarte. - dijo el chico de negro.

- Mi nombre es Shisui Rinaro- contestó jadeando el otro joven.

- ¿Acaso has olvidado tu verdadero nombre Rubai-san?

- Yo no me llamo...

- Shh... - articuló Ayanami, levantando la cara de Rinaro-kun con Fukushu - Recuerda los campos de Ohiwa... Tú la mataste.

- ¿Vas a asesinar a un antiguo amigo?

- El perdón es para los débiles que no saben aceptar sus errores y necesitan que otros lo hagan por él.

- No puedo aceptar mi derrota - sentenció Rubai haciendo ademán de levantarse.

Seruhio-sama posó suavemente a Jiyu sobre la parte trasera del cuello de su oponente.

- La venganza no la devolverá a la vida. Es cierto, entonces la venganza no tiene sentido. Nunca lo tendrá si tan solo ocupa una mínima parte de tu vida. Únicamente es un sentimiento fuerte cuando ocupa todos los resquicios de tu alma y no necesitas más alimento que tomar que la venganza, mas aire que respirar que la venganza, más calor que sentir que la venganza que arde en tu interior. Nunca olvides mi nombre, ni tu verdadero nombre. Lo necesitarás para enfrentarte conmigo en el infierno.

Rubai-san se levantó de pronto y lanzó su katana contra el estómago de Ayanami. En el último momento, éste logro esquivar el golpe, que sin remedio le atravesó el hombro. Rápidamente Seruhio-sama proyectó a Fukushu hacia los ojos de Rubai-san y de un tajo le dejó ciego. Con el brazo izquierdo, dirigió a Jiyu hacia la garganta de su oponente.

Una fuente de sangre surgió del cuello del joven de túnica blanca.

-Ahora soy libre - susurró Ayanami Seruhio-sama enfundando sus katanas y separando la espada blanca de su hombro.

El cuerpo de Rubai-san cayó inerte sobre el suelo levantando un ejército de pétalos blancos que se dirigieron hacia el joven de negro. Tras quitarse la venda de los ojos, Ayanami Seruhio pudo comprobar que la túnica de Rubai-san se confundía con la alfombra de lotos blancos que lloraban en silencio.

Kun es un sufijo utilizado en el idioma japonés para tratar con chicos con los que se tiene cierta confianza. San es un sufijo utilizado en el idioma japonés para dirigirse a personas que se acaban de conocer o a aquellas con las que apenas se tiene trato. Sama es un sufijo utilizado en el idioma japonés para referirse a personas superiores en la escala social. Fukushu significa 'venganza' y Jiyu 'libertad'.

lunes, 3 de septiembre de 2007

El Columpio

Definitivamente, hoy no había sido un buen día. Había tenido que escribir un artículo para el periódico del día siguiente a última hora y estaba cansado. Saliendo de la oficina, pensaba en el café caliente que me iba a tomar para sacarme aquel frío invernal de los huesos. Después de eso me acostaría para descansar de una dura jornada de trabajo. Cogí el coche y recorrí las poco transitadas calles parando absurdamente en todos los semáforos.

Justo antes de llegar a casa, una sombra se cruzó en mi camino y pegué un frenazo de golpe. Bajé del coche para comprobar que no había atropellado por mi descuido a un perro o a algún animal pequeño. Pronto, me percaté de que había parado junto al parque que estaba cercano a mi casa, un lugar que, tan solo iluminado por la luz de las farolas, tenía un aspecto lúgubre.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando el viento hizo chirriar los columpios de aquel lugar de recreo. Sentía que no debía estar allí, pero por otra parte tenía un deseo irrefrenable de acercarme cada vez más a esos columpios, para intentar autoconvencerme de que era tan solo la brisa nocturna la que marcaba ese compás.

Sin embargo, sobre el sillín de aquel columpio estaba la figura de un niño de unos seis años que me miraba inocentemente. Estaba pálido y tenía los ojos grisáceos, demasiado carentes de vida para un niño de su edad

- ¿Qué pasa, te has perdido?- pregunté preocupado, al observar su aspecto.

- Juega conmigo - imploraba el niño.

- ¿Cómo te llamas?

- ¿No quieres jugar conmigo? - balbuceó el niño, ignorando mi pregunta.

- ¿A qué quieres jugar? - dije resignado.

- Solo quiero que nos columpiemos juntos.

Así pues, me senté en el sillín que estaba a su lado y comenzamos a movernos a la par, hacia delante y hacia atrás. El aire de la noche conseguía refrescarme y relajar mis sentidos. Todo marchó bien hasta que sentí que mi columpio estaba fuera de control. Me estrellé contra el suelo dándome un enorme golpe en la cabeza que me dejó incosciente.

Desperté poco tiempo después, pues apenas habían pasado diez minutos por mi reloj. El niño había desaparecido. La causa de mi caída fue el mal estado del columpio, que se había desatornillado. Miré a mi alrededor. Silencio tan solo quebrado por el chirriar de las cadenas de aquel solitario columpio que había quedado intacto. Estaba saliendo ya de aquel parque cuando oí el lamento de un niño. Me di la vuelta, al darme cuenta que la voz era la misma que la del chico de antes. Sentado en un banco, se cubría la cara con sus manos mientras lloraba desconsoladamente.

- ¿Qué te pasa? - pregunté.

- No has querido jugar conmigo - murmuró el niño.

No me dio tiempo a contestar, pues el niño retiró los dedos de su rostro. Lágrimas de sangre recorrían sus mejillas y manchaban su mandíbula mientras susurraba:

- Quiero que te quedes aquí y juegues conmigo para siempre.

Mi corazón dio un vuelco y sentí que debía correr hacia mi coche, que estaba tan solo a unos metros de distancia. No miré hacia atrás, agarré el volante para pocos minutos después entrar en el garaje de mi urbanización. Nada más entrar en mi piso, noté que necesitaba ir al baño para vomitar. Cuando ya me encontraba un poco mejor me dirigí hacia mi salón. Sentado en el sillón, decidí fumarme un cigarro para intentar relajarme.

Comencé a pensar en todas aquellas historias de fantasmas en las que nunca había creído, y en los motivos por los que los muertos permanecen en el mundo de los vivos. Llegué a la conclusión de que debía llamar a la policía local. No para contarles mi caso, sino para informarles del mal estado de los columpios de aquel parque. Después de hacer la llamada, quedé más tranquilo y di una última bocanada al cigarrillo que reposaba en el cenicero. Cerré los ojos y me recosté en el sillón, quedando profundamente dormido.

Definitivamente, no sé si aquella llamada ayudó a que aquella alma descansara en paz, no logro entender por qué el fantasma de aquel niño intentó arrastrarme hacia el final que él había sufrido, lo único que tengo claro es que todavía un escalofrío me recorre la espalda cuando oigo el chirriar de esos columpios.

Recordatorio de la Fiesta de la Confirmación

Si quieres leer el resumen de la Fiesta de la Confirmación, que por fin lo he hecho, tendrás que buscar en las entradas del mes de mayo. Gracias :-). (No olvidéis comentar, que allí estuvimos todos).

domingo, 2 de septiembre de 2007

La Vista de un Ciego

Paseaba con la vista al frente, hacia la oscuridad. Palpaba temeroso a mi alrededor. Carente de vista, intentaba orientarme por el resto de mis sentidos. Primero por el oído. Pero tan solo escuchaba el pitido seco y monótono de un aparato electrónico. Acto seguido, el sonido se detuvo.

Seguí hacia adelante. Una vitalidad sobrenatural me impulsaba hacia delante, si no continuaba la oscuridad quemaba mi corazón como las llamas devoran la carne. Poco a poco empezaba a sentir, podía palpar los objetos.

Mis dedos rozaron algo con tacto frío y liso como el hielo. Tropecé y caí al suelo. Noté como la hierba acariciaba mi cara y como la tierra húmeda manchaba mis pómulos. Froté mis mejillas con los dedos. La mortecina frialdad de mis manos se extendió por el resto del rostro.

Había tragado algo de tierra. Y en el fondo de la garganta se dibujó un gusto amargo y áspero. Metálico. Sangre. El sabor de aquella grava estaba mezclado con el nítido de la sangre. Tosí para expulsar esa sensación tan desagradable.

Cada vez me pesaban menos los párpados. Oía el lamento desesperado de una mujer. Intenté acercarme a ella para consolarla, aunque todavía no podía ver nada. Al poner mi brazo alrededor de ella un chasquido me sobresaltó. Los golpes eran cada vez mas uniformes y el llanto no cesaba. Conseguía ver algo de luz y distinguía con dificultad una figura que parecía estar trabajando la tierra. Olía a rosas frescas.

Como veía que mis acciones no servían para ayudar a aquella señora decidí tumbarme en la hierba. Caí en un sueño profundo.

Un ladrido repentino me despertó. Me puse de pie con cuidado, todavía adormecido. Entonces descubrí que ya podía ver. Un mar de lápidas se dispuso ante mí. Un cementerio. ¿Qué hago yo aquí?, pensé. No hizo falta respuesta. Solo bastó con ver una losa de piedra con mi nombre escrito en ella.